Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Caramba!, porque m. Porthos se habÃa jactado de que perforarÃa a aquel sujeto con quien le dejasteis liado y, al contrario, fue el otro quien, pese a todas las bravatas de aquel, lo dejó tendido. Ahora bien, como m. Porthos es muy presumido, excepto con la duquesa, a quien creyera interesar haciéndole una reseña del lance, no quiere que nadie sepa que ha recibido una estocada.
—¿Conque es una estocada lo que le retiene en el lecho?
—Y una estocada maestra, os lo aseguro. Es menester que el amigo de vuestra merced tenga el alma empernada al cuerpo.
—¿Asà pues, vos estabais presente?
—Les seguà por pura curiosidad, de modo que, sin ser visto, presencié el duelo.
—¿Cómo pasó? Vamos a ver, explicaos.
—La lucha fue corta. Los duelistas se pusieron en guardia; el forastero hizo una finta y se tiró a fondo con tanta rapidez, que cuando m. Porthos quiso parar ya tenÃa tres pulgadas de acero en el cuerpo y caÃa cuan largo era. El forastero le apuntó inmediatamente su espada a la garganta, y m. Porthos se dio por vencido al verse a discreción de su adversario. Este le preguntó cómo se llamaba, y al saber que su nombre era Porthos y no D’Artagnan, le ofreció el brazo y lo condujo aquÃ; luego se subió sobre su caballo y desapareció.