Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Conque el forastero aquel, con quien quería habérselas era con D’Artagnan?

—Así parece.

—¿Sabéis qué ha sido de él?

—No, señor; no lo había visto nunca ni he vuelto a verlo.

—Bueno, sé cuanto quería saber. ¿Decís que el cuarto de Porthos es el número uno del primer piso?

—Sí, señor, el más hermoso de la posada; un cuarto que ya me hubieran alquilado no sé cuántas veces.

—¡Bah!, sosegaos —dijo D’Artagnan, riéndose—; Porthos os pagará con el dinero de la duquesa Coquenard.

—Con tal que aflojara la mosca, tanto me daría a mí que fuese procuradora o duquesa la dama; pero mm. Coquenard respondió categóricamente que estaba harta de las exigencias y de las infidelidades de m. Porthos, y que no le enviaría un maravedí.

—¿Y transmitisteis vos esta contestación a vuestro huésped?

—Ni por asomo; habría visto de qué manera habíamos desempeñado su comisión.

—Entonces ¿todavía está aguardando el dinero?

—Todavía. Ayer escribió otra vez; pero fue su lacayo quien echó la carta en el buzón.


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