Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Queréis decir que la procuradora es vieja y fea?
—Cincuenta años, y me quedo corto, y, según Pathaud, nada hermosa.
—En este caso, no temáis, la vieja se ablandará; por otra parte, Porthos no puede deberos gran cosa.
—¿Qué? Veinte pistolas, sin contar el médico. No se priva de nada; se ve bien que está acostumbrado a la vida regalona.
—Os repito que nada temáis —dijo D’Artagnan—; si su amante le deja, amigos tiene que no lo abandonarán. Asà pues, continuad prestándole todos los cuidados que su estado reclama.
—Vuestra merced me ha prometido no decir palabra respecto de la procuradora ni de la herida.
—Y cumpliré mi promesa.
—Es que m. Porthos me matarÃa; para nada más os lo digo, señor.
—Tranquilizaos, no es tan fiero el león como lo pintan. Dichas estas palabras, D’Artagnan subió la escalera, dejando al posadero un poco más sosegado respecto de dos cosas a las cuales parecÃa estar apegado grandemente: su crédito y su vida. Ya en lo alto de la escalera, D’Artagnan vio, trazado con tinta negra, un descomunal número uno encima de la puerta más notable del corredor, y a ella se encaminó y llamó.