Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Adelante —respondieron desde el interior del cuarto. D’Artagnan entró y encontró a Porthos que, para entretener las manos, estaba jugando un partido de sacanete con Mousqueton, mientras un rosario de perdices espetadas en un asador estaban volteando ante la lumbre, y en cada uno de los rincones de una gran chimenea estaban hirviendo sobre sendos braserillos dos cacerolas, de las que se exhalaba un doble vaho de guisado de conejo y de caldereta que decía «comedme». Además, la tapa de una papelera y el mármol de una cómoda estaban cuajados de botellas destripadas.
Porthos, al ver a su amigo, lanzó una exclamación de alegría; en cuanto a Mousqueton, se levantó respetuosamente, cedió a D’Artagnan su sitio, y se fue a dar una mirada a las cacerolas, de las que parecía estar encargado.
—¡Ah! ¿Sois vos? —dijo el gigante al mozo—; bienvenido seáis, y perdonadme si no he salido a vuestro encuentro. ¿Sabéis lo que me ha pasado? —añadió Porthos, mirando a D’Artagnan con cierta inquietud.
—No —respondió nuestro gascón.
—¿Nada os ha dicho el posadero?
—Le he preguntado por vos, y me he subido en derechura. A Porthos pareció que se le dilataba el pecho.
—¿Qué os ha pasado, mi querido Porthos? —continuó D’Artagnan.