Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Que como realmente me estaba aburriendo hasta más no poder, y tenÃa en mi faltriquera las setenta y cinco pistolas que vos me habÃais distribuido, para distraerme hice subir a un hidalgo que estaba de paso, y al cual propuse un partido de dados. El hidalgo aceptó el envite y, ¡Cristo bendito!, las setenta y cinco pistolas pasaron de mi faltriquera a la suya, junto con mi caballo, que se llevó de más a más. Pero ¿y vos, mi querido D’Artagnan?
—Qué le haremos, mi querido Porthos, uno no puede ser dichoso en todo; ya conocéis el refrán: «Desgraciado en el juego, afortunado en amores». Sois demasiado feliz en amores para que el juego no se vengue de vos; pero ¿qué os importan a vos los reveses de fortuna? ¡Ah, picarillo! ¿Qué más queréis cuando tenéis la suerte de ser dueño del corazón de una duquesa que no puede menos de acorreros?
—Pues ahora veréis como en esto también me persigue la mala suerte —repuso Porthos con la mayor desenvoltura—; hace algunos dÃas le escribà que me enviase medio centenar de luises que me hacÃan suma falta en la situación en que me hallaba…
—¿Y qué?
—Que es menester que la duquesa esté en sus posesiones, pues no me ha contestado.
—¿Habláis formalmente?