Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Os repito que no me ha contestado; asà es que ayer le dirigà otra carta todavÃa más apremiante que la primera… Pero ya que estáis aquÃ, hablemos de vos, mi queridÃsimo amigo. En verdad, ya empezaba a estar en zozobra respecto de vos.
—Por lo que se ve, vuestro posadero os trata a cuerpo de rey —profirió D’Artagnan, señalando las cacerolas llenas y las botellas vacÃas.
—AsÃ, asà —contestó Porthos—. Hace tres o cuatro dÃas que el muy impertinente me subió la cuenta, y a la cuenta y a él les di con la puerta en los hocicos; de modo que estoy aquÃ, podrÃamos decir, a tÃtulo de vencedor, o de conquistador. Por eso, como veis, temeroso de que tomen a viva fuerza mi posición, voy siempre armado de pies a cabeza.
—No obstante, me parece que de tiempo en tiempo hacéis algunas salidas —repuso D’Artagnan, riéndose y señalando con el dedo las cacerolas y las botellas.
—Por desgracia, no las efectúo yo —profirió Porthos—; esa maldita luxación me tiene clavado en el lecho; pero Mousqueton echa por esos trigos y trae vÃveres. —Y dirigiéndose a su lacayo, el mosquetero añadió—: Ya veis, amigo Mousqueton, que nos llegan refuerzos; por lo tanto, nos es menester un suplemento de vituallas.
—DesearÃa que me hicieseis un favor —dijo D’Artagnan a Mousqueton.