Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Gracias, acabo de almorzar —contestó el mozo.
—Y bien, pon la mesa —dijo Porthos a su lacayo—, y mientras almorcemos, D’Artagnan nos contará qué ha sido de él durante los diez dÃas que no lo hemos visto.
—De mil amores —repuso D’Artagnan.
Mientras Porthos y Mousqueton almorzaban con apetito de convalecientes y la cordial fraternidad que une a los hombres en la desgracia, D’Artagnan les hizo sabedores de que Aramis, herido, se habÃa visto obligado a detenerse en CrèvecÅ“ur, de que habÃa dejado a Athos en Amiens, resistiendo a cuatro hombres que lo acusaban de monedero falso, y de que él se habÃa visto forzado a quitar de en medio al conde de Wardes para llegar a Inglaterra. Pero haciendo D’Artagnan punto aquà a su narración, solo añadió que a su regreso de la Gran Bretaña habÃa traÃdo consigo cuatro briosos corceles, uno para sÃ, y los otros tres para repartirlos entre sus amigos, y que el que correspondÃa a Porthos estaba ya instalado en las caballerizas de la posada.
En esto entró Planchet para decir a su amo que los caballos habÃan descansado ya lo suficiente, y que de ponerse luego en camino podrÃan dormir en Clermont.