Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Alto ahÃ! —exclamó el jesuita—, esta tesis tiene sus puntas y ribetes de hereje; hay una proposición casi semejante en el Augustinus del heresiarca Jansénius, libro que, tarde o temprano, será quemado por mano del verdugo. Idos con tiento, mi joven amigo; vuestra inclinación a las falsas doctrinas va a perderos.
—Va a perderos —repitió el párroco, moviendo con dolorido ademán la cabeza a uno y otro lado.
—Tocáis el famoso punto del libre albedrÃo, que es un escollo mortal. Entráis de lleno en las insinuaciones de los pelagianos y de los semipelagianos.
—Pero, mi reverendo… —arguyó Aramis algo estupefacto ante la granizada de argumentos que le llovÃa encima.
—¿Cómo probaréis, vos —continuó el jesuita sin darle tiempo de hablar—, que uno debe suspirar por el mundo cuando se ofrece a Dios? Escuchad este dilema: Dios es Dios, y el mundo es el demonio. Suspirar por el mundo es suspirar por el demonio; esta es mi conclusión.
—Y la mÃa también —dijo el cura.
—Pero por favor… —repuso Aramis.
—Desideras diabolum, ¡desdichado! —exclamó el jesuita.
—¡Suspira por el demonio! ¡Ah!, mi joven amigo —profirió el párroco, lanzando un gemido—, no suspiréis por el demonio, os lo ruego.