Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan sentía algo así como si se le extraviase la razón; le parecía que se hallaba en un manicomio, y que iba a volverse loco como los tres sujetos que estaban en su presencia. Lo único que le diferenciaba de estos era que él se veía reducido al silencio por no comprender pizca el lenguaje que allí se hablaba.

—Pero hacedme la merced de escucharme —repuso Aramis con una finura bajo la cual empezaba a transparentarse la impaciencia—: yo no digo que suspiro, nunca pronunciaré semejante vocablo, pues no sería ortodoxo…

El jesuita levantó los brazos, en cuya operación le imitó el cura.

—No —continuó Aramis—; pero convenid al menos que es muy poco meritorio no ofrecer al Señor más que aquello que nos disgusta. ¿Digo bien, D’Artagnan?

—De perlas —exclamó nuestro gascón.

El cura y el jesuita dieron un brinco en sus respectivos asientos.

—Este es mi punto de partida —dijo Aramis—, es un silogismo; el mundo no carece de atractivos, es así que yo me aparto del mundo, y por lo tanto hago un sacrificio; pues la Sagrada Escritura dice claramente: haced un sacrificio al Señor.

—Esto es verdad —dijeron los antagonistas.


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