Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Además —prosiguió Aramis, pellizcándose la oreja para enrojecerla y sacudiendo las manos para que se volviesen blancas—; además, sobre el particular he compuesto una glosa que leí el año pasado al joven m. de Voiture, y me felicitó por ella.

—¡Una glosa! —profirió con desdén el jesuita.

—¡Una glosa! —dijo maquinalmente el cura.

—Recitadla, esto nos distraerá un poco —exclamó D’Artagnan.

—No, porque es religiosa —contestó Aramis—, es teología en verso.

—¡Diablos! —profirió el gascón.

—Escuchad —dijo Aramis con ademán de modestia no exento de hipocresía:

Vosotros que lloráis un fue halagüeño

y los días pasáis en la tristeza,

un término hallaréis a tal crudeza

postrados a los pies del sacro Leño,

vosotros que lloráis un fue halagüeño.

D’Artagnan y el cura dieron muestras de halago; no así el jesuita, que persistió en su opinión.

—No entreveréis el gusto profano con el estilo teológico —profirió este último—; y si no, recordad lo que dice san Agustín: Severus sit clericorum sermo.


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