Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esto es, que el sermón sea claro —repuso el cura.
—Ahora bien —se apresuró a decir el jesuita al ver que su acólito echaba por los cerros de Úbeda—, vuestra tesis será del gusto de las damas, y nada más: alcanzará un triunfo parecido al que obtienen las defensas de m. Patru.
—¡Dios lo quiera! —exclamó Aramis con entusiasmo.
—¡Ah!, ya lo veis —profirió el jesuita—, en vos todavÃa habla en voz alta el mundo, altissima voce. ¡Oh!, mi joven amigo, seguÃs al mundo, y temo que la gracia no sea eficaz.
—Tranquilizaos, mi reverendo, respondo de mÃ.
—¡Presunción mundana!
—Me conozco, padre mÃo, mi resolución es irrevocable.
—Entonces ¿insistÃs en ese tema?
—Conozco que estoy llamado a desenvolver este, y no otro; voy, pues, a continuarlo, y espero que mañana estaréis satisfecho de las correcciones que haré en él, adaptándome a vuestros consejos.
—No apresuréis el trabajo —dijo el cura—, os dejamos en disposiciones excelentes.