Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, el terreno está completamente sembrado —añadió el jesuita—, y no debemos alimentar temor alguno de que la simiente haya ido a parar, parte en las piedras, parte a lo largo del camino, ni que los pajarillos del cielo se hayan comido el resto, aves coeli comederunt illam.
Cargue el diablo contigo y con tu latÃn, dijo para sà D’Artagnan, hastiado hasta más no poder.
—Adiós, hijo mÃo, hasta mañana —profirió el cura.
—Hasta mañana, joven temerario —repuso el jesuita—; prometéis ser una de las lumbreras de la Iglesia; permita Dios que esa luz no sea fuego devorador.
D’Artagnan, que durante una hora se habÃa estado royendo las uñas de impaciencia, empezaba a comerse las yemas de los dedos.
Los dos eclesiásticos se levantaron, saludaron a Aramis y a D’Artagnan, y se encaminaron a la puerta. Bazin, que habÃa permanecido en pie junto a aquella y habÃa escuchado de punta a cabo y con piadoso gusto la controversia, se acercó apresuradamente a ellos, cogió el breviario del cura y el misal del jesuita, y tomó respetuosamente la delantera para abrirles paso.
Aramis condujo a los eclesiásticos hasta el pie de la escalera y volvió a subir para reunirse con D’Artagnan, que todavÃa estaba atontado.