Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Una vez a solas, los dos amigos guardaron un silencio embarazoso, mas ya que era preciso que uno de los dos hablase, y como D’Artagnan parecía resuelto a ceder tal honra a su amigo, dijo Aramis:

—Ya lo veis, me halláis de regreso a mis ideas fundamentales.

—Os ha tocado la gracia, como decía hace poco uno de esos curas.

—Hace ya mucho tiempo que tenía decidido retirarme del mundo; ya me habéis oído hablar de ello en distintas ocasiones, ¿no es verdad?

—Sí, pero con toda franqueza os digo que siempre tomé a chanza vuestras palabras.

—¡Bromear con lo sagrado! ¡Oh! ¡D’Artagnan!

—¡Qué caramba! Bien se ríe uno de la muerte.

—Y obra mal quien tal hace, porque la muerte es la puerta que conduce a la salvación o a la perdición eternas.

—De acuerdo; pero dejémonos de teologías, si os place, Aramis; ya debéis de tener bastante para el resto del día. En cuanto a mí, casi he olvidado el latín que nunca he sabido; además, y hablando en plata, desde las diez de esta mañana no ha entrado nada en mi estómago, y tengo un hambre de mil demonios.


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