Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pronto comeremos, amigo mÃo —dijo Aramis—; pero os recuerdo que estamos a viernes y que, en dicho dÃa, no puedo ver ni comer carne. Si os contentáis con mi comida, se compone de tetragonias cocidas y fruta.
—¿A qué dais el nombre de tetragonias? —preguntó D’Artagnan con inquietud.
—A las espinacas —respondió Aramis—; pero para vos añadiré huevos, y es una grave infracción de la regla, porque los huevos son carne, pues engendran el pollo.
—No es suculento el festÃn, pero no importa; me quedo, lo sufriré.
—Os agradezco el sacrificio —dijo Aramis—; si no aprovecha a vuestro cuerpo, os garantizo que aprovechará a vuestra alma.
—¿Conque definitivamente tomáis órdenes sagradas? —profirió D’Artagnan—. ¿Qué van a decir vuestros amigos? ¿Qué m. de Tréville? Os van a tildar de desertor, y ved que soy yo quien os lo digo.
—No voy a tomar órdenes sagradas, entro de nuevo en ellas, pues dejé la Iglesia por el mundo; ya sabéis que me violenté para vestir el casacón de mosquetero.
—¿Yo? No sé nada de eso.
—¡Qué! ¿Vos ignoráis cómo salà del seminario?
—De todo en todo.