Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pues escuchad mi historia; por otra parte, las Escrituras dicen: confesaos unos a otros; y me confieso a vos.
—Y yo os absuelvo de antemano, ya veis que soy hombre de bien.
—No bromeĂ©is con lo santo, amigo mĂo.
—Vamos, contad, os escucho.
—TenĂa yo nueve años al entrar en el seminario, y tres dĂas antes de cumplir los veinte iba a verme cura, cuando hete aquĂ que una noche en que estaba en cierta casa a la que me satisfacĂa frecuentar, era joven, ¡quĂ© querĂ©is!, y dĂ©bil, un oficial que me miraba con ojos llenos de celos leer las vidas de los santos a la dueña de la vivienda, entrĂł de improviso y sin ser anunciado. Precisamente aquella noche habĂa traducido un episodio de Judith, y acababa de leer mis versos a la dama, que me colmaba de elogios, e inclinada sobre mi hombro los releĂa conmigo. La postura de la dama, un tanto suelta, en verdad, mortificĂł al oficial, que mientras estuvo en la casa no abriĂł el pico; pero al salir yo, me siguiĂł, y cuando me alcanzĂł, me dijo:
»“¿Os gustan los palos, señor cura?”.
»“Como hasta ahora nadie se ha atrevido a dármelos”, respondĂ, “no lo sé”.
»“Pues bien”, repuso el oficial, “os prevengo que si volvéis a sentar la planta en la casa dónde os he encontrado esta noche, yo me atreveré”.