Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Ya iré yo solo en busca de Athos —profirió el gascón—; cuidaos, mi querido amigo.
—Sois de bronce —dijo Aramis a D’Artagnan.
—No lo creáis, estoy de suerte y nada más; pero ¿cómo vais a matar el tiempo aguardándome?, porque supongo que ya habéis dado carpetazo a las glosas sobre los dedos y las bendiciones, ¿eh?
—Compondré versos —contestó Aramis, sonriendo.
—Ya, versos que huelan al billete de la doncella de marras.
¿Por qué no enseñáis la prosodia a Bazin? Esto le consolará.
¡Ah!, montad todos los dÃas el caballo, no sea sino espacio de un cuarto de hora; asà os acostumbraréis a manejarlo.
—Nada temáis, me hallaréis pronto a seguiros.
Los dos amigos se despidieron y, diez minutos más tarde, después de haber recomendado a su amigo a Bazin y a la posadera, D’Artagnan iba al trote camino de Amiens.