Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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En efecto, parangonado con m. de Tréville, noble y elegante cortesano, Athos, en sus días de predisposición alegre y placentera, podía sostener con ventaja la comparación. Era de estatura media; pero tan portentosamente gallardo y bien proporcionado, que más de una vez, en sus luchas con Porthos, había sometido al gigante, cuya fuerza física se había vuelto proverbial entre los mosqueteros; su cabeza, de ojos perspicaces, nariz recta y barbilla abultada como la de Brutus, tenía un sello inefable de gracia y grandeza. ¿Y las manos? Las manos de Athos, que este no cuidaba en absoluto, eran la desesperación de Aramis, que cultivaba las suyas con pasta de almendras y aceite aromatizado; el sonido de su voz era penetrante y armonioso; y por último, lo indefinible en Athos, que siempre se hacía oscuro y pequeño, era su ciencia del mundo, su conocimiento de las costumbres de la sociedad más excelsa, el garbo de gran señor que se trasparentaba hasta en la más nimia de sus acciones.








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