Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Como todos los grandes señores de aquel tiempo, Athos era peritísimo en la equitación y en el ejercicio de las armas. En una palabra, había recibido una educación tan esmerada, incluso desde el punto de vista escolástico, estudio al que raramente se dedicaban los nobles de aquel tiempo, que los fragmentos en latín que soltaba Aramis le hacían sonreír, y parecía comprender a Porthos; y aun dos o tres veces y con gran admiración de sus compañeros, había acaecido que al hacer Aramis una cita de rudimento errónea, él pusiera nuevamente un verbo en su tiempo y un nombre en su caso. En cuanto a su probidad era intachable, y eso que vivía en un siglo en el que los militares transigían fácilmente con su religión y su conciencia, los amantes con la delicadeza rigurosa de nuestros días, y los pobres con el séptimo mandamiento. Athos era, pues, en toda la extensión de la palabra, un ser extraordinario.
Ello no obstante, se veía que aquel hombre tan distinguido, aquella criatura tan acabada, aquella esencia tan fina, insensiblemente iba inclinándose a la vida material, como hacia la flaqueza física y moral declinan los ancianos. Athos, en sus horas de privación, que eran muchas, perdía su parte luminosa, y sus brillantes cualidades desaparecían en un tenebroso abismo.