Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan, de quien ya nos es conocido el carácter investigador y perspicaz, por mucho que ardiera en deseos de satisfacer su curiosidad respecto de aquel hombre, aĂşn no habĂa podido asignar causa alguna a semejante marasmo, ni observarla en dichas ocasiones, pues Athos no recibĂa carta alguna, ni hacĂa la más pequeña diligencia que de sus amigos no fuese conocida. No podĂa atribuirse al vino la tristeza de Athos, pues solo para combatir la tristeza se daba a la bebida, por más que la bebida lo abismara en tristeza todavĂa más amarga. Tampoco podĂa atribuirse al juego su exceso de melancolĂa, pues, al contrario de Porthos, que acompañaba de cantos o blasfemias las volubilidades de la suerte, Athos, asĂ en la ganancia como en la pĂ©rdida, permanecĂa impasible. En el cĂrculo de los mosqueteros le habĂan visto ganar una noche mil pistolas, y perderlas junto con el cinturĂłn bordado de oro de los dĂas de gala, para recuperarlo todo, más cien luises, sin que sus hermosas cejas hubiesen subido o bajado media lĂnea, ni sus manos perdido su nacarado color, ni su conversaciĂłn, que era agradable aquella noche, hubiese dejado de ser sosegada y atractiva. Tampoco era, como les pasa a los ingleses, la influencia atmosfĂ©rica la causa de su melancolĂa, pues su tristeza solĂa ser mayor cuando llegaban los más hermosos dĂas del año: junio y julio eran para Athos meses terribles. Lo presente no le causaba pesadumbre alguna, y cuando le hablaban del porvenir, encogĂa los hombros; su secreto radicaba, pues, en lo pasado, como le dijeran de un modo vago a D’Artagnan. Este matiz misterioso hacĂa más interesante todavĂa al hombre cuyos ojos y cuya boca, ni aun en estado de embriaguez completa, habĂan hecho nunca revelaciĂłn alguna, por muy hábilmente que se le hubiese interrogado.