Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —A estas horas —dijo D’Artagnan—, quizás el pobre Athos estĂ© muerto, y por mi culpa, porque yo soy quien le he metido en este asunto, del que Ă©l ignoraba el origen, del que ignorará el resultado y del cual no debĂa sacar provecho alguno.
—Sin contar, mi amo —profiriĂł Planchet—, que es muy probable que le debamos la vida. Acordaos, cuando nos dijo a grandes voces que huyĂ©semos, de que a Ă©l lo habĂan cogido.
¡Y quĂ© terrible ruido hacĂa con su espada despuĂ©s de haber descargado sus pistolas! No parecĂa sino que allĂ habĂa veinte hombres, o más bien veinte diablos furiosos.
Las palabras de Planchet redoblaron el ardor de D’Artagnan, que espoleaba a su caballo, el cual, no necesitando que le excitaran, llevaba a su jinete al galope.
A las once de la mañana nuestros viajeros llegaron a vista de Amiens, y a las once y media se apearon a la puerta de la posada maldita.
D’Artagnan, que con frecuencia habĂa meditado contra el pĂ©rfido posadero una de esas venganzas que solo el pensar en ellas consuela, entrĂł en la posada con el sombrero encasquetado, la siniestra en la empuñadura de su espada, y haciendo silbar con la diestra su látigo.
—¿Me conocéis? —preguntó el mozo al posadero, que se acercó a él para saludarlo.