Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No me cabe esta honra, monseñor —respondió el interpelado, con los ojos todavÃa deslumbrados por el brillante equipaje con que D’Artagnan se presentaba.
—Conque no me conocéis, ¿eh?
—No, monseñor.
—Pues en una daca las pajas os refrescaré la memoria.
¿Qué habéis hecho de aquel hidalgo a quien hace unos quince dÃas tuvisteis la audacia de acusar de monedero falso?
El posadero palideció, pues D’Artagnan habÃa tomado la actitud más amenazadora, y Planchet se amoldó a la de su amo.
—¡Ah!, monseñor, no me habléis de este asunto —exclamó el posadero con su voz más lacrimosa—; ¡cuán cara he pagado esta falta! ¡Ah! ¡Desventurado de mÃ!
—¿Qué ha sido de aquel hidalgo, os repito?
—Dignaos a escucharme, monseñor, y sed clemente. Sentaos, por favor.
D’Artagnan, mudo de cólera y de zozobra, se sentó, amenazador como un juez; Planchet se arrimó con ademán terrible al sillón de su amo.
—Voy a contaros lo que pasó, monseñor —repuso el posadero, temblando de pies a cabeza—, pues ahora os conozco: vos sois el que partió cuando tuve la desdichada desavenencia con el hidalgo a quien os referÃs.