Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, soy yo; de consiguiente, ya veis que no hay que esperar compasión como no me digáis la verdad monda.
—DÃgnese vuestra merced a escucharme, y la sabrá toda entera.
—Os escucho.
—Recibà un aviso de la autoridad, en el cual se me decÃa que cuanto antes iba a llegar a mi posada un célebre monedero falso acompañado de algunos de sus amigos, todos ellos disfrazados de guardias o de mosqueteros.
—Adelante.
—Al pie del aviso se me daba la filiación de vuestras mercedes, asà como la de vuestros lacayos y de vuestros caballos.
—¿Qué más? ¿Qué más? —dijo D’Artagnan, que inmediatamente vio de dónde provenÃa una filiación tan puntual.
—Conforme con las órdenes de la autoridad, que me envió un refuerzo de seis hombres, tomé las disposiciones que juzgué del caso para asegurarme de la identidad de los supuestos monederos falsos.
—¡Otra vez! —exclamó D’Artagnan, a quien el calificativo de monederos falsos le exasperaba hasta más no poder.