Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Perdonad, monseñor, si empleo tales palabras, pero precisamente son mi descargo. La autoridad me habÃa metido el miedo en el cuerpo, y vos ya sabéis, señor, que un posadero debe procurar no ofender a la autoridad.
—Bueno, sÃ, pero ¿qué ha sido de aquel hidalgo? ¿Dónde se halla? ¿Vive? ¿Murió?
—Paciencia, monseñor, ya estamos en ello. Sucedió, pues, lo que vos sabéis, y vuestra precipitada salida —añadió el posadero con una malicia que no pasó inadvertida a D’Artagnan— pareció autorizar el expediente de que se echó mano. Vuestro amigo se defendió como un león, y su lacayo, que por una fatalidad imprevista habÃa buscado quimera a los agentes de la autoridad, disfrazados de mozos de caballos…
—¡Ah! ¡Tunante! —exclamó D’Artagnan—, ¿conque estabais de acuerdo? No sé cómo no os extermino a todos.
—¡Ay!, monseñor —profirió el posadero—, no estábamos de acuerdo, y de ello vais a cercioraros inmediatamente. El caballero vuestro amigo, de quien no tengo la honra de saber el nombre, después de haber puesto fuera de combate de dos pistoletazos a dos hombres, se batió en retirada, defendiéndose con su tizona, con la que hirió a uno de mis criados y a mà me dejó aturdido de un cintarazo.