Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Acabarás de una vez, verdugo? —dijo D’Artagnan—. ¿Qué fue de Athos?

—Mientras se estaba batiendo en retirada, halló tras de sí la escalera de la bodega, y como la puerta estaba abierta, se apoderó de la llave y se parapetó por la parte de adentro. Entonces le dejaron libre, seguros de que allí lo encontrarían cuando quisiesen.

—Lo comprendo —profirió D’Artagnan—, no había empeño en matarlo; solo buscaban reducirlo a prisión.

—¡Ángeles y serafines! —exclamó el posadero—, ¿reducirlo a prisión decís, monseñor? Pero ¡si él mismo se aprisionó! ¡Y que no hizo antes poco estrago! Por el pronto había matado a un hombre y herido gravemente a dos, heridos y muerto a quienes se llevaron sus compañeros, sin que nunca jamás haya vuelto yo a saber de ellos. Yo en persona, una vez me hube recobrado, fui a ver al señor gobernador, a quien referí cuanto pasara y le pregunté qué debía hacer yo con el preso. Pero no pareció sino que m. el gobernador acababa de caer de las nubes, pues me dijo que no sabía de qué le estaba hablando, que las órdenes que yo recibiera no emanaban de él, y que si por mi desventura le inmiscuía en tal fregado, me haría ahorcar. Por lo que se ve, monseñor; me equivoqué de medio a medio, detuve a uno por otro, y aquel a quien debía prender se había escapado.


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