Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Pero bien, ¿y Athos? —exclamó D’Artagnan, exasperada todavía más su impaciencia al ver el abandono en que la autoridad dejaba el asunto—; ¿qué ha sido de Athos?

—Como yo tenía prisa de reparar los agravios que infiriera al preso —continuó el posadero—, me encaminé a la cueva para devolverle la libertad. ¡Ah!, monseñor, el preso no era ya un hombre, sino un demonio. ¿Sabéis lo que contestó al proponerle yo dejarlo libre? Pues contestó que mi proposición no era más que un lazo que le armaban y que antes de salir quería imponer condiciones. Yo, que no me forjaba ilusiones respecto del mal paso en el que me había metido al poner la mano sobre un mosquetero de su majestad, le respondí con toda humildad que estaba pronto a someterme a las que él me impusiera.

»“Ante todo exijo que se me restituya mi lacayo junto con sus armas”, dijo el preso.

»La orden fue cumplida inmediatamente, tanto más cuanto estábamos dispuestos a hacer todo lo que se le antojara a vuestro amigo. M. Grimaud, que asĂ­ dijo el lacayo que se llamaba, por más que habla muy poco, fue pues descendido a la cueva, pese a sus heridas, y una vez su amo se hubo hecho cargo de Ă©l, atrancĂł nuevamente la puerta y nos ordenĂł que nos quedásemos en nuestra tienda.


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