Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Y pues? —profirió D’Artagnan.

—Un día que la dama había salido a cazar con su esposo —prosiguió Athos en voz baja, hablando atropelladamente—, aquella cayó del caballo y perdió los sentidos; el conde corrió a socorrerla, y al ver que el vestido la estaba sofocando, lo cortó con su cuchillo de monte, y le descubrió los hombros. A ver si adivináis qué tenía en uno de ellos la condesa, D’Artagnan —dijo Athos, dando una estrepitosa carcajada.

—Decídmelo vos, si es que puedo saberlo —contestó D’Artagnan.

—¡Una flor de lis! —profirió Athos—. Estaba marcada.

—¡Qué horror! —exclamó D’Artagnan—; pero ¿qué me estáis contando, amigo mío?

—La verdad. ¡Ah! El ángel era un demonio. La mísera niña había robado.

—¿Y qué hizo el conde?

—El conde, que era un gran señor, y tenía derecho a ejercer sobre sus dominios el imperio mero y mixto, acabó de desgarrar las ropas de la condesa, le ató las manos a la espalda y la ahorcó de un árbol.

—¡Cielos! Esto es un asesinato —exclamó D’Artagnan.

—Ni más ni menos —repuso Athos, pálido como un difunto—. Pero ¿qué es eso? Me parece que se me escatima el vino.


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