Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Y el mosquetero cogió por el gollete la última botella que quedaba, se la acercó a los labios y la vació de un solo trago, como podría haberlo hecho con un vaso. Luego dejó caer la cabeza entre las manos, mientras D’Artagnan le estaba contemplando con ojos de terror.
—Esto me ha curado de las mujeres hermosas, poéticas y enamoradas —dijo Athos levantando la cabeza y sin cuidarse de continuar con el apólogo del conde—. Dios os conceda otro tanto a vos. ¡Bebamos!
—Así pues, ¿murió la condesa…? —preguntó D’Artagnan.
—¡Pardiez! —contestó Athos—. Pero tended vuestro vaso.
¡Jamón, tunante! —gritó el mosquetero—, ¡ya no podemos beber!
—¿Y su hermano? —añadió con timidez el gascón.
—¿Su hermano? —repuso Athos.
—Sí, el sacerdote.
—¡Ah! El conde se informó respecto de él para ahorcarlo a su vez; pero hizo tarde, el día anterior había abandonado su curato.
—¿Pudo al menos indagarse quién era aquel canalla?