Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Cúmplase vuestro deseo. Un amigo mÃo, ¿oÃs bien?, un amigo mÃo, no yo —dijo Athos, interrumpiéndose y con sonrisa sombrÃa—. Un conde de mi provincia, es decir, del Berry, noble como un Dandolo o un Montmorency, a los veinticinco años se enamoró de una doncella de dieciséis, hermosa como un ángel. A través del candor de su edad se descubrÃa una imaginación ardorosa, una imaginación, no de mujer, de poeta; no cautivaba, embriagaba. Aquel ángel vivÃa en compañÃa de su hermano, que era sacerdote, en una pequeña villa, a la que ambos habÃan llegado sin que persona alguna supiese de dónde; pero al verla a ella tan hermosa, y tan piadoso a su hermano, nadie pensó en preguntarles de dónde venÃan. Además, todos les tenÃan por nobles. Mi amigo, que era el señor de la comarca, podrÃa haber seducido o forzado a la doncella a su gusto, pues era el señor; porque ¿quién hubiera auxiliado a aquellos dos extranjeros, a aquellos dos desconocidos? Por desgracia, era honrado, y la tomó por esposa. ¡Qué bobo fue! ¡Qué inocente! ¡Qué simple!
—¿Por qué si la amaba? —preguntó D’Artagnan.
—No os precipitéis —dijo Athos—. Pues sÃ, el conde condujo a su mujer a su castillo y la hizo la primera dama de la provincia; y aquà cabe mencionar que aquella llenaba cumplidamente su nueva representación social.