Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Athos, D’Artagnan y Aramis rompieron en bravos y risotadas que dejaron aturdido al pobre Porthos; pero al explicarle luego la causa de tal alegría, la compartió ruidosamente, como de costumbre.
—¿De manera que todos tenemos dinero? —dijo D’Artagnan.
—Yo no —respondió Athos—; he hallado tan excelente el vino de España con el que nos ha recibido Aramis, que he hecho cargar sesenta botellas de él en el furgón de los lacayos; esto me ha escurrido grandemente la bolsa.
—¿Y yo? —profirió Aramis—; figuraos que di hasta el último sueldo a la iglesia de Montdidier y a los jesuitas de Amiens, y que, además, contraje compromisos ineludibles, quiero decir que encargué para mí y para vosotros, qué sé yo cuántas misas, que las rezarán y no podrán menos de sernos provechosas.
—Sí, ¿y yo? —exclamó Porthos—, ¿creéis por ventura que mi luxación no me ha costado un ojo de la cara? Esto sin contar la herida de Mousqueton, que me obligó a hacer venir dos veces por día un cirujano, que me reclamó doble emolumento so pretexto de que ese papanatas de Mousqueton había tenido la mala ocurrencia de hacerse meter una bala en sitio que suele uno no mostrar más que a los boticarios. No, ya le he advertido a Mousqueton que no vuelva a hacerse herir en semejante parte del cuerpo.