Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Vaya —repuso Athos, cruzando una sonrisa con D’Artagnan y Aramis—, veo que os habéis conducido generosamente con el pobre muchacho: lo que habéis hecho con él es propio de un buen amo.
—En una palabra —continuó Porthos—, una vez satisfecho mi hospedaje me quedarán unos treinta escudos.
—Y a mà unas diez pistolas —profirió Aramis.
—Cualquiera dirĂa que somos unos cresos —repuso Athos—. ÂżCuánto os queda a vos de las cien pistolas, D’Artagnan?
—¿De mis cien pistolas? —profirió el mozo—; recordad que de buenas a primeras os he dado cincuenta.
—¿Os parece?
—¡Cáscaras!
—¡Ah! SĂ, es verdad, ya lo recuerdo.
—Luego he pagado seis al posadero.
—¡Valiente bruto estaba el tal posadero! ¿Por qué le habéis dado seis pistolas?
—Porque vos mismo me habéis dicho que se las diera.
—De eso tiene la culpa mi excesiva bondad. En definitiva, ¿cuánto os queda?
—Veinticinco pistolas —respondió D’Artagnan.