Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Caballo he dicho —repuso Athos—; ¿no es verdad, Porthos, que estamos comiendo caballo? ¡Y quién sabe si con los arneses y todo!
—No, señores —respondió con viveza Porthos—, los arneses los he conservado.
—Caramba, podemos darnos las manos —exclamó Aramis—, no parece sino que nos hubiéramos puesto previamente de acuerdo.
—Qué queréis —dijo el gigante—, aquel caballo dejaba avergonzados a todos mis visitadores, y no pude soportar por más tiempo el humillarlos.
—Además, vuestra duquesa continúa ausente en los baños, ¿no es as� —profirió D’Artagnan.
—Asà es —respondió Porthos—. Ahora bien, me pareció que el gobernador de la provincia, que es uno de los hidalgos a quien aguardaba hoy a comer, tenÃa grandes deseos de poseerlo, y se lo he dado:
—¡Cómo! ¿Dado? —exclamó D’Artagnan.
—¡Oh! ¡Dios Santo! SÃ, dado, esta es la palabra —contestó Porthos—; porque el caballo valÃa ciento cincuenta luises, y el muy ladrón no quiso pagármelo por más de ochenta.
—¿Sin la silla? —preguntó Aramis.
—¡Claro!
—Observad, señores —dijo Athos—, que Porthos es quien ha hecho el negocio más brillante de todos nosotros.