Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Acabamos de echar las cuentas con cicaterÃa espartana —respondió Aramis—, y según ellas necesitamos cada uno mil quinientas libras.
—Cuatro veces mil quinientas hacen seis mil —repuso Athos.
—A mà me parece que con mil libras por barba nos basta —dijo el gascón—; cierto es que no hablo como espartano, sino como procurador…
—¡Toma! Se me ocurre una idea —exclamó Porthos, a quien acababa de avispar el último vocablo proferido por D’Artagnan.
—Algo es algo —dijo frÃamente Athos—, a mà no se me ocurre idea alguna, ni remotamente; pero en cuanto a D’Artagnan, el gozo de ser ya de los nuestros le ha quitado el juicio. ¡Mil libras! Yo solo necesito dos mil.
—Cuatro por dos, ocho —repuso Aramis—; entonces, nos hacen falta ocho mil libras para nuestros equipos, aunque, es cierto, que al menos poseemos las sillas.
—Y además —dijo Athos, aguardando a que D’Artagnan, que iba a dar las gracias a m. de Tréville, hubiese cerrado la puerta—; y, además, repito, el soberbio diamante que brilla en el dedo de nuestro amigo. ¡Qué diablos! D’Artagnan es demasiado buen compañero para dejarnos en la estacada, cuando lleva en el dedo cordial el rescate de un rey.