Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Cuando hubieron entrado los mosqueteros, y tras ellos se hubo cerrado la puerta, cuando hubo empezado de nuevo el murmullo en la antesala, que el llamamiento habÃa interrumpido y al que sin duda habÃa dado nuevo pábulo y, finalmente, cuando ceñudo y silencioso el capitán de los mosqueteros hubo dado tres o cuatro vueltas por su despacho, pasando cada vez por delante de Porthos y de Aramis, que estaban rÃgidos y mudos, se detuvo de improviso ante ellos, los midió de pies a cabeza con mirada irritada y dijo con voz de trueno:
—¿Sabéis lo que me dijo anoche el rey, señores?
—No, señor —respondieron, tras un instante de silencio, los dos mosqueteros.
—Sin embargo, espero que nos haréis la merced de decÃrnoslo —añadió Aramis con la más exquisita finura y haciendo una graciosa reverencia.
—Pues me dijo que en adelante reclutarÃa sus mosqueteros entre los guardias de m. el cardenal.
—¡Entre los guardias del cardenal! ¿Y por qué? —preguntó Porthos con viveza.
—Porque ve que su aguapié necesita ser remozado con una adición de buen vino.
Un bochorno abrasador encendió los rostros de los dos mosqueteros.