Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan parecÃa estar en ascuas; en aquel instante querrÃa haberse hallado siete estados bajo tierra.
—Y su majestad tiene razón —continuó m. de Tréville, animándose—, pues, por mi honor que es cierto que los mosqueteros hacen un papel muy poco lucido en la corte. Ayer el cardenal contaba al joven monarca, con un ademán de pesar que me sentó pésimamente, que anteayer esos réprobos, esos diablos sueltos a los que llaman mosqueteros, y al decir esto recalcaba las palabras con un retintÃn que me sentó todavÃa peor, que esos fanfarrones, añadió posando en mà sus ojos de gato-tigre, estaban a deshora en un figón de la rue de Férou, y que una ronda de sus guardias, creà que iba a reÃrseme en las barbas, se habÃa visto obligada a prender a los perturbadores. ¡Maldita sea! Me da la impresión que vosotros debéis de saber algo sobre el particular. ¡Prender a mosqueteros! Vosotros erais de la partida, no me lo neguéis; os conocieron, y tan es asÃ, que el cardenal os nombró. Yo tengo la culpa, yo, sÃ, pues yo soy quien elijo a los mÃos. Vamos a ver, Aramis, ¿por qué me pedisteis el casacón cuando tan bien os hubiera sentado la sotana? ¿Y vos, Porthos, ostentáis este tahalà cuajado de oro solo para suspender de él una espada de cartón? ¿Y Athos? No veo a Athos, ¿dónde está?
—Señor —respondió Aramis con tristeza—, está enfermo, gravemente enfermo.