Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Gravemente enfermo, decís? ¿Y qué enfermedad padece?

—Se teme que no sea la viruela —profirió Porthos, deseoso de meter también baza en la conversación—, y lo malo sería que, en este caso, al pobre le quedaría estropeado el rostro.

—¡Enfermo de viruela! Esta no cuela. ¡Enfermo de viruela a su edad! ¡Bah! Estará herido, tal vez muerto… ¡Ah! ¡Si yo lo supiera! Por Dios vivo, señores mosqueteros, que no me place poco ni mucho que concurráis las casas públicas, que riñáis en las calles y andéis a pinchazos en las encrucijadas. Y, finalmente, no quiero que seáis el hazmerreír de los guardias de m. el cardenal, hombres valientes, tranquilos, diestros, y que no se dejarían prender, de esto estoy seguro. No, antes que retroceder un paso preferirían morir en el sitio… ¡Echar a correr! ¡Huir! ¡Esto es cosa de los mosqueteros del rey!

Porthos y Aramis temblaban de furia; de buena gana habrían estrangulado a m. de Tréville si no hubiesen adivinado que el móvil de sus palabras no era otro que el grande afecto que les profesaba. Pateaban la alfombra, se mordían los labios hasta arrancarles sangre y oprimían con toda su fuerza los pomos de sus espadas.


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