Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Como hemos dicho, en la antesala habían oído llamar a Athos, Porthos y Aramis, y en el tono de la voz de Tréville, adivinado que este estaba irritado de veras. Así es que muchos se habían apoyado a la tapicería para escuchar y palidecían de rabia a medida que el capitán iba avanzando en su filípica, pues sus oídos pegados a la puerta no se perdían ni una sílaba de lo que se decía, mientras sus bocas repetían las palabras insultantes del capitán a toda la población de la antecámara. En un abrir y cerrar de ojos y desde la puerta del despacho hasta la de la calle toda la casa estuvo en efervescencia.

—¡Conque los mosqueteros del rey se dejan prender por los guardias del cardenal! —continuó m. de Tréville, tan furioso interiormente como sus subalternos, pero recalcando sus palabras y haciéndolas penetrar una a una, y como otros tantos pinchazos de verduguillo, en el pecho de sus oyentes—. ¡Conque seis guardias de su eminencia arrestan a igual número de mosqueteros de su majestad! ¡Por todos los diablos! Ya sé lo que debo hacer. Ahora mismo voy a presentarme en el Louvre para poner en manos del rey mi dimisión como capitán de sus mosqueteros; luego me iré a solicitar al cardenal una tenencia en sus guardias, y si me la niega, me hago cura.

A estas palabras, el murmullo de la sala reventó en votos y blasfemias.


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