Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan buscaba un tapiz tras el cual hurtarse, y aun sintió vivos impulsos de colarse bajo la mesa.

—Pues bien, mi capitán —dijo Porthos con arrebato—, la verdad es que éramos tantos a tantos, pero fuimos atacados traidoramente y, antes de que pudiéramos haber desenvainado, ya dos de los nuestros yacían sin vida en el suelo, y Athos quedaba gravemente herido y poco menos que difunto. Vos ya sabéis quién es Athos, mi capitán; el pobre intentó levantarse dos veces y otras tantas dio consigo en tierra. Con todo eso no nos rendimos. ¡No mil veces! Nos arrastraron a la fuerza, y durante el trayecto nos escapamos. En cuanto a Athos, como lo dieron por muerto, lo dejaron en el campo de la lucha, pensando que no valía la pena llevárselo. Esto es lo sucedido. ¡Qué diantre, capitán! No todas las batallas se ganan. El gran Pompeyo perdió la de Farsalia, y el rey Francisco I, que según es fama valía tanto como el que más, fue vencido en Pavie.

—Y yo tengo la honra de deciros que maté a uno con su propia espada —repuso Aramis—, pues la mía se había roto en el primer encuentro. Matado o apuñalado, señor, como más os plazca.

—Ignoraba estos pormenores —profirió Tréville, suavizando un poco la voz—. Por lo que veo el cardenal estuvo muy ponderativo.


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