Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Señor —prosiguió Aramis, alentado por el favorable cambio de su capitán—, por caridad no digáis que Athos está herido, el pobre sentirÃa vivamente que tal noticia llegase a oÃdos del rey; y como la herida es gravÃsima, pues le atraviesa desde la espalda hasta el pecho, serÃa de temer…
En aquel mismo instante se levantó la cortina de la puerta para dar paso a una figura noble y hermosa, pero horrorosamente pálida.
—¡Athos! —exclamaron los dos mosqueteros.
—¡Athos! —repitió Tréville.
—Según me han manifestado mis compañeros —dijo Athos al capitán con voz débil pero sosegada—, me habéis llamado, y me apresuro a obedecer; ¿qué se os ofrece, m. de Tréville?
Dichas estas palabras, el mosquetero, que vestÃa por manera irreprochable e iba con la cintura apretada como de costumbre, entró con paso firme en el despacho.
—Estaba diciendo a estos señores —contestó el capitán, conmovido hasta lo más Ãntimo de su corazón ante aquella prueba de valor, y acercándose con viveza al recién llegado— que prohÃbo a mis mosqueteros que expongan su vida sin necesidad, porque el rey quiere de un modo entrañable a los valientes y sabe que sus mosqueteros son los hombres más bravos de la tierra. Dadme la mano, Athos.