Los Tres Mosqueteros

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Y sin esperar a que este correspondiera a tal prueba de afecto, Tréville le cogió la diestra y se la estrechó con todas sus fuerzas, no advirtiendo que Athos, pese al gran dominio que sobre sí tenía, hacía una contracción de dolor y se volvía aún más pálido, por mucho que esto pudiera haber parecido imposible.

La llegada de Athos, cuya herida era conocida de todos, a pesar del secreto guardado sobre el particular, produjo una sensación profunda; rumores de satisfacción acogieron las últimas palabras del capitán y dos o tres individuos, arrebatados por el entusiasmo, asomaron la cabeza por las aberturas de los tapices.

Indudablemente, m. de Tréville iba a reprimir con voz enérgica tal infracción de las leyes de la etiqueta, cuando sintió de improviso que la mano de Athos se crispaba entre la suya. Entonces miró al mosquetero y vio que este iba a desmayarse. Al mismo instante, Athos, que llamara a sí todas sus fuerzas para luchar contra el dolor, vencido al fin por la naturaleza, cayó en el suelo cuan largo era.

—¡Un cirujano! —gritó Tréville—. ¡El mío, el del rey, el mejor! ¡Un cirujano! O mi valiente Athos va a morirse.


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