Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Como todo lo del mundo, el sermón llegó a su fin, y la procuradora se encaminó a la pila de agua bendita; pero Porthos se le anticipó y, en lugar de meter un dedo en la pila, metió toda la mano, lo cual hizo sonreír a la procuradora, que se dio a entender que el mosquetero se ponía en remojo para ella. Pronto, sin embargo, la dama de las tocas negras recibió un desengaño cruel: cuando se halló a tres pasos de Porthos, este volvió la cabeza y fijó la mirada en la dama del cojín rojo, que se había levantado y se acercaba seguida de su negrito y de su doncella.
Una vez que la dama del cojín rojo estuvo cerca de Porthos, este sacó de la pila de agua bendita su chorreante y gruesa mano y la ofreció a aquella, que con la suya afilada tocó la del mosquetero, se persignó sonriendo y salió de la iglesia.
Este fue un golpe mortal para la procuradora, que ya tuvo por cierto que la dama y Porthos se correspondían. ¡Ah! Si en vez de haber sido una simple procuradora hubiese sido dama principal, se habría desmayado; pero como tal principalía no rezaba con ella, se contentó con decir con rabia concentrada:
—¡Qué! ¿No me ofrecéis a mí agua bendita, m. Porthos?