Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Se… señora! ¿Sois vos? —exclamó el mosquetero, como lo harÃa en medio del mayor sobresalto un hombre que se despertara tras un sueño de cien años—. ¿Qué tal? ¿Sigue tan campante vuestro esposo mi querido m. Coquenard? ¿Continúa siendo tan roñoso como siempre? Pero ¿dónde tenÃa yo los ojos que no os he visto en dos horas que ha durado el sermón?
—Yo estaba a dos pasos de vos —respondió la procuradora—, y si no me habéis visto, es porque solo tenÃais ojos para la hermosa dama a quien habéis ofrecido agua bendita.
—¡Ah! —profirió Porthos, fingiendo turbarse—, ¿vos habéis notado…?
—Era menester estar ciega para no verlo.
—Sà —prosiguió con indiferencia el mosquetero—, es una duquesa amiga mÃa con la cual apenas puedo relacionarme a causa de los celos de su marido, y que me habÃa mandado a decir que vendrÃa hoy a Saint-Leu, al riñón de este barrio extraviado, solo por el placer de verme.
—¿Me harÃais la merced de darme el brazo durante cinco minutos, m. Porthos? Tendré sumo gusto en hablar con vos.
—De mil amores, señora —contestó Porthos, haciéndose un guiño a sà mismo, como un jugador se rÃe de la fullerÃa que va a hacer.