Los Tres Mosqueteros

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En esto pasó D’Artagnan, persiguiendo a milady, y volvió el rostro a tiempo para ver la mirada de triunfo de Porthos.

Vaya, vaya, dijo para sí el mozo razonando sobre el sentido de la moral escandalosamente acomodaticia de aquellos tiempos galantes, este va a ser equipado dentro del plazo exigido, como si lo viera.

Porthos, cediendo a la presión del brazo de su procuradora como una barca cede al timón, llegó al claustro de Saint-Magloire, sitio poco concurrido, cerrado por sendos molinetes en sus extremos, y en el que de día no se veían más que mendigos y muchachos, comiendo aquellos, y estos jugando.

—¡Ah! ¡M. Porthos! Por lo que se ve, sois un Tenorio —profirió la procuradora una vez que se hubo cerciorado de que ninguna persona extraña a los habituales concurrentes de la localidad podía verles ni oírles.

—¡Yo, señora! —dijo Porthos pavoneándose—; y eso ¿por qué?

—¿Y los signos de hace poco? ¿Y el agua bendita? Por lo menos es princesa la dama del negrito y de la doncella.

—Os engañáis —contestó el mosquetero—, no es más que duquesa.

—¿Y el correo que estaba aguardando a la puerta? ¿Y la carroza con un cochero de gran librea?


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