Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Porthos no habÃa visto correo ni carroza, pero mm. Coquenard lo habÃa visto todo con su mirada de mujer celosa.
El mosquetero sintió no haber hecho, de antuvión, princesa a la dama del cojÃn rojo.
—¡Ah! Sois el niño mimado de las hermosas, m. Porthos —repuso la procuradora, lanzando un suspiro.
—Ya comprenderéis que con un fÃsico como el que me ha dotado la naturaleza, el amor no se me muestra esquivo.
—¡Qué pronto olvidan los hombres! —exclamó la procuradora con la mirada fija en el cielo.
—Menos aprisa que las mujeres —replicó Porthos—; porque, en suma, yo puedo decir que he sido vuestra vÃctima, cuando herido, moribundo, me vi abandonado de los cirujanos; yo, vástago de una familia ilustre, que habÃa confiado en vuestra amistad, estuve en un tris de sucumbir a mis heridas primero y después de hambre, en una mala posada de Chantilly, y eso sin que os hubieseis dignado contestar ni una sola vez las apasionadas cartas que os dirigÃ.
—Pero, m. Porthos —murmuró la procuradora, que juzgando por la conducta de las damas más encumbradas de aquel tiempo, conocÃa que la sinrazón estaba de su parte.
—Yo, que os habÃa sacrificado la baronesa de…
—Lo sé.