Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—La condesa de…

—No me abruméis, m. Porthos.

—La duquesa de…

—M. Porthos, mostraos generoso.

—Tenéis razón, señora, y por eso no acabaré.

—Es mi marido que no quiere oír hablar de préstamos.

—Mm. Coquenard —dijo Porthos—, acordaos de la primera carta que me escribisteis y que conservo grabada en mi memoria.

—Es que también era muy considerable la cantidad de dinero que pedíais a título de préstamo —objetó la procuradora, lanzando un suspiro.

—Mm. Coquenard, os daba la preferencia —contestó el mosquetero—. Me bastó con escribir a la duquesa de… No quiero nombrarla, porque nunca he comprometido a una mujer; pero sí sé que me bastó con escribirle para que me enviara mil quinientas.

—M. Porthos —dijo la procuradora, derramando una lágrima—, os juro que me habéis castigado rigurosamente, y que si en lo sucesivo volvéis a hallaros en tal apuro no necesitaréis dirigiros más que a mí.

—¡Queréis callaros, señora! —exclamó Porthos, haciéndose el ofendido—; no hablemos de dinero, esto es humillante.

—Lo cual quiere decir que ya no me amáis —repuso con voz lenta y triste la procuradora.


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