Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Porthos guardó un silencio majestuoso.

—¿Así me respondéis? —profirió mm. Coquenard—. ¡Ay! Comprendo.

—Señora, acordaos de la ofensa que me hicisteis; me quedó clavada aquí —dijo Porthos, llevando la mano al corazón y apretándoselo con fuerza.

—La repararé; ya lo verá, mi querido Porthos…

—Por otra parte, ¿qué solicitaba yo de vos? —repuso el gigante, encogiendo los hombros con un ademán lleno de sencillez—, un préstamo, y nada más. ¡Qué diantre! Yo no soy hombre que pida cotufas en el golfo. Ya sé que no sois rica, y que vuestro marido se ve obligado a chupar la médula a los infelices litigantes para sacar de ellos algunos miserables escudos. Si fueseis condesa, marquesa o duquesa, ya sería distinto y no tendríais disculpa.

—Sabed, m. Porthos —replicó mm. Coquenard, mortificada en lo vivo—, que mi arca, con ser de procuradora, tal vez está más repleta que la de todas vuestras presumidas arruinadas.

—En este caso, la ofensa sube de punto —dijo Porthos, apartando del suyo el brazo de la procuradora—; porque si sois rica, vuestra negativa no tiene excusa.


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