Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Cuando digo rica —profirió mm. Coquenard, que vio que se habÃa resbalado—, no hay que tomarlo al pie de la letra. No estoy, que digamos, rica, pero tengo un bienestar.
—Señora —repuso Porthos—, no hablemos más de estas cosas. Me habéis despreciado, y por lo tanto queda roto entre los dos todo lazo de simpatÃa.
—¡Que ingrato!
—SÃ, quejaos todavÃa.
—Idos con vuestra hermosa duquesa; no os retengo más. Me parece que ya no está tan afligida, dijo para sà el mosquetero.
—Veamos, m. Porthos —profirió la procuradora—, por última vez, ¿me amáis todavÃa?
—¡Ay!, señora —contestó el gigante con la voz más melancólica que supo—, cuando entraremos en campaña, en una campaña en la que tengo el presentimiento de que voy a morir…
—¡Oh! No digáis eso —exclamó la procuradora rompiendo en sollozos.
—Una voz Ãntima me lo está diciendo —continuó Porthos, con acento cada vez más melancólico.
—Decid más bien que tenéis un nuevo amor.