Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Este contó a su amigo lo ocurrido en la iglesia de Saint-Leu entre Porthos y la procuradora.
—A estas horas —continuó D’Artagnan—, Porthos está probablemente en vÃas de equiparse.
—Pues yo —contestó Athos— estoy muy tranquilo; no serán las mujeres las que paguen mis arneses.
—Sin embargo, siendo, como sois, gallardo, cortés y gran señor en grado tan superlativo, no habrÃa princesa ni reina que resistiera a vuestro galanteo.
—¡Qué niño sois! —dijo Athos, haciendo seña a Grimaud de que trajera otra botella.
En esto Planchet asomó modestamente la cabeza por la abertura de la puerta, y anunció a su amo que los dos corceles estaban aguardando en la calle.
—¿Qué corceles? —preguntó Athos.
—Dos que m. de Tréville me presta para el paseo, y con los cuales voy a dar una vuelta por Saint-Germain.
—¿Y qué vais a hacer en Saint-Germain?
D’Artagnan refirió a Athos su encuentro con la dama del cojÃn rojo que, con el señor de la capa negra y la cicatriz junto a la sien, constituÃan su preocupación eterna.
—Lo cual quiere decir que estáis enamorado de esa dama, como lo estabais de mm. Bonacieux —dijo Athos, encogiendo con desdén los hombros y como si se compadeciera de la flaqueza humana.