Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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XXX

MILADY

D’Artagnan, que habĂ­a visto subir a milady a su carroza, y habĂ­a oĂ­do como aquella daba a su cochero la orden de que la condujera a Saint-Germain, juzgĂł que serĂ­a inĂștil seguir a pie un coche arrastrado por tan fogosos caballos al trote. AsĂ­ pues, hizo rumbo hacia la rue de FĂ©rou.

Al pasar por la rue de la Seine, el mozo vio a Planchet pegado al escaparate de una pastelería y como en éxtasis ante un bollo que parecía de lo mås apetitoso.

—¡Hola! —dijo D’Artagnan a su lacayo, arrancĂĄndolo de su contemplaciĂłn—, a escape a las caballerizas de m. de TrĂ©ville, ensilla dos caballos, uno para mĂ­ y otro para ti, y volando te reĂșnes conmigo en casa de Athos.

Y aquí cabe mencionar que el capitán de los mosqueteros había puesto sus caballerizas a la disposición de D’Artagnan.

Planchet se encaminó a la rue du Colombier, y nuestro gascón, a la de Férou.

Athos, que estaba en su casa, destripando con tristeza una de las botellas del famoso vino de España que habĂ­a traĂ­do de su viaje a Picardie, hizo seña a Grimaud, que obedeciĂł como de costumbre, de que pusiese en la mesa un vaso para D’Artagnan.


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