Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Yo! Ni por asomo —contestó D’Artagnan—. Lo único que hay es que ansÃo aclarar un misterio con el cual se relaciona esa dama. No sé por qué, pero se me figura que esa mujer, por más que ni ella ni yo nos conocemos, ejerce influjo en mi vida.
—La verdad —dijo Athos— es que hacéis bien; no conozco mujer alguna que merezca que la busquen cuando se ha perdido. Peor para mm. Bonacieux si se ha extraviado; no le toca sino buscarse a sà misma.
—Os engañáis, Athos —repuso el gascón—; ahora más que nunca amo a mi pobre Constance, y si supiera dónde se halla, allá volarÃa para arrancarla de las manos de sus enemigos, aunque estuviese en el otro confÃn del mundo; pero todas mis pesquisas han resultado estériles. ¿Qué queréis? Uno tiene que distraerse.
—Pues distraeos con milady, mi querido D’Artagnan; lo deseo de todo corazón, si eso os divierte.
—Escuchad, Athos —dijo el mozo—, en vez de permanecer aquà como si estuvieseis arrestado, montad a caballo y venid a pasear conmigo por Saint-Germain.
—Mi querido D’Artagnan —replicó Athos—, yo monto a caballo cuando tengo el mÃo, y si no, ando a pie.