Los Tres Mosqueteros

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Mientras de esta suerte iba meditando y, de tiempo en tiempo, espoleaba a su cabalgadura, el mozo llegó a Saint-Germain, y después de dejar a su espalda el pabellón en que diez años más tarde debía nacer Luis XIV, y al cruzar una calle desierta, mirando a todas partes para ver si daba con alguna huella de la hermosa inglesa, vio aparecer a una persona que no le fue extraña en una azotea adornada de flores, situada en la planta baja de una linda casa que, según la usanza de aquel tiempo, no tenía ventana alguna en la parte de la calle.

—¿No conoce vuestra merced a ese sujeto que está comiendo moscas? —preguntó Planchet a D’Artagnan.

—No —respondió este—; y, sin embargo, juraría que no es esta la primera vez que lo veo.

—Pardiez, yo lo creo —dijo Planchet—, es el pobre Lubin, el lacayo del conde de Wardes, a quien aviasteis tan de lo lindo hace un mes, en Calais, en el camino de la quinta del gobernador.

—¡Ah! Es verdad —repuso D’Artagnan—, ahora le conozco. ¿Te parece que él te conocerá a ti?

—Apostaría que no, señor; estaba tan fuera de sí, que dudo que haya conservado de mí un recuerdo preciso.

—Entonces ve y entabla conversación con él, e infórmate de si su amo está muerto —dijo D’Artagnan.


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